No sé por qué siempre termino por dejarme enredar entre los hilos de seda que este pequeño ser tiende a mi alrededor. Me embarco en proyectos en los que no creo y por los que no siento ninguna ilusión. Proyectos para los que no estoy capacitada: escribir en un blog requiere perseverancia (error: no se encuentra entre mis virtudes), escribir sobre lo que lees requiere, de nuevo, que realices tal actividad con constancia (error: ídem) y, sobre todo, opinar sobre los libros implica tener un criterio fundamentado (error: nunca lo he tenido, no soy crítica literaria y mis gustos son, digamos, algo peregrinos).
Pero aun así lo haré: por él, por mí, como terapia. Para obligar a que los engranajes cerebrales funcionen a pesar de la resistencia que opongo últimamente. Y porque adoro los libros. Aunque sea a mi peculiar modo. I did it my way.
Hacía años que no me despertaba con la única intención de tomarme un café y volver a la cama para "refundirme" con la novela que había dejado aparcada en la mesilla de noche sólo unas horas antes. Este fenómeno tiene que ver, o ésa es la conclusión a la que he llegado tras años de breves reflexiones que trato de evitar con todas mis fuerzas, con la "neurosis editorialis". Se trata de un término ridículo que he acuñado para referirme a esa obsesión que me impide haber escrito este párrafo sin pensar que en lugar de comillas altas tendría que haber usado comillas bajas, por ejemplo. Me obliga a que cada dos palabras escritas relea todo lo anterior en busca del más mínimo error de puntuación, acentuación, "cohesion and/or coherence". Las telas de araña en las que antes me envolvían las novelas han desaparecido (menos mal que anso ha ocupado su lugar) y ahora sólo queda la búsqueda del error, el análisis. Y así no hay quien lea, oiga.
Es preocupante, ¿no creen? Al menos a mí sí me preocupa. Necesito leer, vivir otros mundos (quizá para esapar de éste, pero eso es harina de otro costal o tema de otra entrada, como prefieran), dejarme atrapar por las historias y, sobre todo, disfrutar y alimentar mi mente. He tratado de atacar el problema desde varios frentes. Terapia de choque nº 1: leer basura (y no se crean, que esto lo hago mucho, últimamente). Al principio creí que funcionaría y que, pese a mi sentimiento de "saldo intelectual", volvería al redil de la lectura. Pero no. Tres historias romántico-eróticas-sexuales más tarde había vuelto a la casilla de salida. Terapia de choque nº 2: volver a los clásicos, apuesta segura. Tampoco. Por lo que se ve, mis clásicos no son los de todo el mundo. Terapia de choque nº 3: encontrar un autor (no voy a empezar aquí con el rollo de autor/a, miembro/a, ustedes me entienden) nuevo, que contara historias sencillas, de ésas en las que todo acaba bien. Y tras de eso andamos. Encontré, por pura casualidad y por intervención Covastika, a Anna Gavalda.
No voy a decir que sea Faulkner, ni García Márquez, ni nadie por el estilo. Pero me ha enganchado. Por fin. He vuelto a tomarme mi café y a pasar el resto del domingo leyendo. He vuelto a devorar 600 páginas en tres días tumbada bajo el tibio sol gallego (y luego bajo la lluvia, claro. Es lo que tiene Galicia). ¿Y todo por qué? Porque en los libros de Gavalda hay luz al final del tunel. La vida es una putada, sí. Pero existe la justicia poética. Al menos en su mundo, claro, que no es Yoknapatawpha ni Macondo, pero es un París aún más desconocido para mí que esas dos ciudades (anso, a esto habría que ponerle remedio, no? Al menos yo cada vez tengo más ganas). Durante un par de semanas he vivido bajo la luz de "Juntos, nada más" y "El consuelo". Me alumbró más el primero, eso sí. No es que me sienta especialmente orgullosa de esta supuesta vuelta al redil, pero al menos siento el gusanillo de nuevo. Veremos qué ocurre con las sucesivas terapias de choque.
De momento, "Juntos, nada más" se lo daré a esa otra personita que siempre me enreda y que necesita ahora, si cabe, más luez que nunca.
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